martes, 9 de junio de 2026

Idaho

A Idaho llegué pensando que me iba a encontrar un thriller rural, quizás una historia de secretos y violencia en los bosques del norte de Estados Unidos. Pero no. Emily Ruskovich propone algo más silencioso y devastador: una novela sobre la memoria y sus grietas, sobre la culpa que se hereda, sobre si el perdón es posible y qué hacer cuando el dolor no desaparece y solo cambia de forma.

Todo arranca con un hecho terrible, pero la autora renuncia a la intriga convencional y a despejar las incógnitas: lo importante no es qué pasó, sino cómo se vive después. La narración se mueve entre tiempos y voces, reconstruyendo una historia familiar rota en la que el recuerdo nunca es fiable y el pasado se resiste a quedarse quieto.

Estáis ante una novela emocionalmente exigente, escrita con una gran sensibilidad y una atmósfera que pesa. Me ha gustado y me ha conmovido, aunque tengo que reconocer que, para mi gusto, le sobran páginas. La historia y las voces funcionan, pero habrían ganado fuerza con un poco menos de gramaje.

Aun así, es un libro que deja poso. No se lee para entretener, sino para quedarse pensando en él: en lo que recordamos, en lo que olvidamos a propósito, en quienes nos convertimos cuando perdemos la memoria y en lo difícil que es vivir con aquello que no tiene arreglo.

SLHLT

 

martes, 2 de junio de 2026

¿Por qué son tan lindos los caballos?

Esta es la historia de Sari y Julieta, madre e hija, desde el momento en que Sari tiene un brote y le diagnostican demencia frontotemporal con solo 58 años. Pero es mucho más que una novela, es una especie de archivo emocional, un collage hecho de palabras, dibujos, apuntes y silencios. Como la memoria… Como la pérdida.

La parte de Sari.

Sari escribía, anotaba, observaba. Amaba los caballos, no solo como animales bellos, sino como símbolo de libertad, de fuerza y de algo que no se deja domesticar del todo. Esa Sari vital, creativa, enamorada del lenguaje, va quedando fijada entre estas páginas, hechas de esbozos, anotaciones y fotografías, como quien deja migas de pan para no perderse del todo. 

La parte de Julieta.

Julieta escribe cuando su madre ya no puede hacerlo. Escribe para sostenerla, para entender qué está pasando, para sobrevivir al duelo anticipado de perder a alguien que todavía está viva. Su parte es un homenaje, una estrategia de duelo, una memoria compartida y, sobre todo, un acto de amor. Aunque también es testimonio del cansancio, del miedo, de la rabia y de la ternura infinita que requieren los cuidados.


Estáis ante una historia sobre madres e hijas, sí, pero también sobre la identidad, la herencia (la que no es material), el peso del lenguaje y la pregunta inevitable de qué queda de nosotros cuando los recuerdos se van.

Maravillosa.

SLHLT