Mostrando entradas con la etiqueta Alianza editorial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alianza editorial. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de enero de 2026

Yo que nunca supe de los hombres

Una mujer sin nombre recuerda y nos cuenta su periplo por un mundo que nunca comprendió y cómo empezó su vida entre los barrotes de una jaula.

Allí, junto a otras treinta y nueve mujeres, creció sin saber qué era el cielo, la libertad o el contacto humano más allá de la vigilancia silenciosa de hombres uniformados, armados con látigos y que nunca les dirigían la palabra.

Ninguna recuerda qué fue lo que pasó, por qué las encerraron ni cómo llegaron allí. Imaginan que fueron drogadas durante mucho tiempo y que eso nubló sus recuerdos. Pero con la pequeña tuvo que haber un error. Todas son adultas y ella solo una niña…

Harpman construye una distopía inquietante que se lee como una confesión. Cuando las mujeres logran escapar, por un error o una casualidad dentro del apocalipsis que habitan, el relato se convierte en una exploración perpetua: ¿Qué significa ser humano cuando no hay sociedad, ni cultura, ni hombres?

La protagonista, esa pequeña que ya no lo es tanto, descubre la naturaleza, el lenguaje y la soledad con una mezcla de curiosidad y desamparo. El tono es sobrio, casi desnudo, y eso lo hace más poderoso: no hay artificios, solo preguntas esenciales sobre la identidad, la libertad y el deseo.

Y luego está la búsqueda incansable: el caminar sin tregua por un territorio desconocido, siempre hacia adelante, como si detenerse fuera morir. Ese vagar puede leerse como metáfora de nuestras vidas: avanzar sin certezas, con hambre de sentido, sabiendo que la respuesta quizá nunca llegue, pero que el movimiento es lo único que nos salva.

¡Me ha encantado!

Absténganse los que busquen respuestas. Entre sus páginas solo encontraréis más preguntas.

SLHLT


martes, 31 de julio de 2018

Pedro y el capitán

    - Te golpearon un poco, parece. Y no hablaste, claro.
    -  …
   -  Siempre pasa eso en la primera sesión. Incluso es bueno que la gente no hable de entrada. Yo tampoco hablaría en la primera. Después de todo no es tan difícil aguantar unas trompadas y ayuda a que uno se sienta bien. ¿Verdad que te sentís bien por no haber hablado?
   -  …
  -  Luego la cosa cambia, porque los castigos van siendo progresivamente más duros. Y al final todos hablan. Para serte franco, el único silencio que yo justifico es el de la primera sesión. Después es masoquismo. La cuenta que tenés que sacar es si vas a hablar cuando te rompan los dientes o cuando te arranquen las uñas o cuando vomités sangre o cuando… ¿A qué seguir? Bien sabés el repertorio, ya que constantemente ustedes lo publican con pelos y señales. Todos hablan, muchacho. Pero unos terminan más enteros que otros. Me refiero al físico, por supuesto. Todo depende de en qué etapa decidan abrir la boca. ¿Vos ya lo decidiste?
   -  …
 Así empieza Pedro y el capitán, obra de teatro en cuatro actos, donde tiene lugar un extraño combate dialéctico y moral entre víctima y verdugo.
Cada acto comienza tras una sesión de tortura de violencia salvaje y creciente. Y que pretende no solo infligir dolor, sino humillar, derrotar y vencer de todas las maneras posibles al torturado.
Pedro o Rómulo. El capitán o el coronel. ¡Qué más da!
Pero algo ocurre. A medida que Pedro es torturado su fuerza aumenta. En cada tregua, entre sesión y sesión de puro infierno, Pedro se enfrenta al capitán con más fuerza. Su silencio lo sostiene cuando no lo hacen sus piernas. Su lealtad para con los suyos, le da alas. Su convicción de estar ya muerto, le proporciona la altura moral para cambiar las tornas y hacer temblar a un torturador de los “buenos”.
Desde el principio sabes cómo acabará. No quieres que sufra, pero deseas que aguante. Pensando que tú no serías capaz de soportarlo, que no serías tan valiente, que quizás te rendirías a las escapatorias que te ofrecen, aunque después no pudieras vivir con ello…
Los cuatro actos terminan con un “No.”. Y tú, con el alma encogida a los pies del esternón, piensas cómo dos seres humanos compuestos de la misma materia, con el mismo número de huesos y de músculos, criados en el mismo lugar y saliendo de las mismas raíces, pueden ser tan diferentes. ¿Qué convierte a una persona como tú y como yo en un verdugo? ¿Qué barreras ha decidido traspasar para que no le importe el sufrimiento y el dolor de otro ser humano?
Ya sé que no os voy a descubrir la magia, el talento y el oficio del señor Benedetti, pero os aseguro que esta otra faceta suya, la del teatro, también os va a encantar.
Maravilloso, a pesar de la dureza.

Fundamental.
SLHLT