La historia nos la cuenta Nada, una niña que despierta sola en un sanatorio sin saber cómo ha llegado allí. Su voz -entre lo real, el recuerdo y el delirio- es, para mí, lo mejor de la novela. Nada observa el mundo con una mezcla de ingenuidad, lucidez y extrañeza que resulta sobrecogedora: tanto cuando está perdida en el monte como cuando sobrevive en ese espacio blanco y aséptico donde intentan devolverla a una normalidad a la que nunca perteneció.
Y si Nada es un gran personaje, su padre, el Capitán, es la otra cara de la moneda: un hombre egoísta, narcisista y un psicópata en toda regla, cuya crueldad vertebra la novela entera. No solo arrastra a sus hijos a una vida absurda e imposible en plena montaña, sino que los moldea a golpes, físicos, emocionales y simbólicos, hasta convertirlos en criaturas feroces, dispuestas a lo que sea para sobrevivir. Un personaje al que cuesta mirar de frente, porque encarna el terror más cotidiano: el que se encuentra dentro de la propia familia.
Cabe destacar la importancia del monte en la historia: no es un simple decorado, sino un personaje más que respira, acecha, protege, alimenta y castiga. Es una presencia viva y salvaje que lo envuelve todo, una especie de organismo inmenso que a veces es refugio y otras, amenaza.
Crisálida es una novela oscura, violenta y áspera. Podría haber sido otra historia de crueldad innecesaria más difícil de recomendar, pero la voz de Nada la transforma por completo. Solo por ella ya merece la pena.
SLHLT














