<<El
día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y
bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo
pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como
cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio
y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y
reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los
pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de
encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas.
Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más.>>
Marina,
recién graduada y aún tambaleándose tras la muerte de su padre, conoce a Jaime,
un hombre veinte años mayor que le ofrece una vida aparentemente perfecta:
cenas elegantes, una casa con chimeneas, estabilidad y estilo. Pero lo que al
principio parece refugio, pronto se transforma en prisión.
Lucía
Solla construye con precisión quirúrgica una relación marcada por el maltrato
psicológico, ese que no deja moratones, pero sí cicatrices profundas. Jaime no
necesita levantar la voz: le basta con imponer sus gustos, corregir sus
palabras, acelerar el coche cuando ella habla de más, y hacerle sentir que sin
él no es nada.
Y Marina,
que podría reconocer esos comportamientos en otras, no logra verlos en sí misma,
ni el miedo que provoca en su perra Frida. Y deja de ser Marina, deja de ver a sus
amigos y deja de ser feliz.
El duelo
por el padre ausente se entrelaza con el duelo por sí misma, por la Marina que
fue antes de Jaime. Y en ese proceso de reapropiación, la amistad emerge como
refugio, como red que sostiene cuando todo lo demás se tambalea.
Lucía
Solla debuta por todo lo alto, como las grandes, con una voz propia y un estilo
rápido, y urgente, lleno de imágenes que se te clavan como espinas. No me
perderé lo próximo que escriba.
SLHLT