La historia es sencilla: dos personas se cruzan, se gustan, se miran más de la cuenta y empiezan a convertir ese cruce en algo mucho más grande de lo que realmente es. Blanca Lacasa cuenta muy bien ese momento en el que una atracción pasajera se riega, se abona y se pone en un altar hasta que acaba pareciendo destino, cuando quizá solo era pura nada.
Me ha gustado mucho cómo lo cuenta: el tono cercano, la lucidez con la que se describe el autoengaño, esa sensación de estar asistiendo más a la visión de una cabeza en funcionamiento que a una historia de amor. Pero es lo que cuenta lo que me ha exasperado y me han entrado ganas de zarandear a alguien. Esa insistencia en mitificar lo insustancial, en proyectar lo que se desearía que fuera y no lo que es, en sostener una obsesión que no lleva a ninguna parte salvo al desgaste emocional.
El accidente no va de un gran amor frustrado, sino de algo bastante más cotidiano y quizá más triste: la capacidad infinita que tenemos para construir castillos en el aire y luego sufrir mucho cuando el suelo sigue estando igual de duro. No hay épica, no hay redención y no hay consuelo. Solo ese “esto no iba a ninguna parte y, aun así, he perdido el tiempo la autoestima y la calma”.
Un libro incómodo y bastante irritante. Te mira, te reconoce y no te cae especialmente bien. Como algunas personas…Como algunas historias.
SLHLT














