Allí, junto a otras treinta y nueve mujeres, creció sin saber qué era el cielo, la libertad o el contacto humano más allá de la vigilancia silenciosa de hombres uniformados, armados con látigos y que nunca les dirigían la palabra.
Ninguna recuerda qué fue lo que pasó, por qué las encerraron ni cómo llegaron allí. Imaginan que fueron drogadas durante mucho tiempo y que eso nubló sus recuerdos. Pero con la pequeña tuvo que haber un error. Todas son adultas y ella solo una niña…
Harpman construye una distopía inquietante que se lee como una confesión. Cuando las mujeres logran escapar, por un error o una casualidad dentro del apocalipsis que habitan, el relato se convierte en una exploración perpetua: ¿Qué significa ser humano cuando no hay sociedad, ni cultura, ni hombres?
La protagonista, esa pequeña que ya no lo es tanto, descubre la naturaleza, el lenguaje y la soledad con una mezcla de curiosidad y desamparo. El tono es sobrio, casi desnudo, y eso lo hace más poderoso: no hay artificios, solo preguntas esenciales sobre la identidad, la libertad y el deseo.
Y luego está la búsqueda incansable: el caminar sin tregua por un territorio desconocido, siempre hacia adelante, como si detenerse fuera morir. Ese vagar puede leerse como metáfora de nuestras vidas: avanzar sin certezas, con hambre de sentido, sabiendo que la respuesta quizá nunca llegue, pero que el movimiento es lo único que nos salva.
¡Me ha encantado!
Absténganse los que busquen respuestas. Entre sus páginas solo encontraréis más preguntas.
SLHLT

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