martes, 13 de enero de 2026

El chico nuevo

Esta historia es una bomba de relojería colocada en el patio de un colegio.

Un solo día, unos cuantos niños y la llegada de Osei, hijo de diplomático ghanés, bastan para que todo se tambalee. Lo que parece un recreo cualquiera se convierte en un laboratorio de emociones: celos, racismo, manipulación y miedo.

La autora reinventa Otelo y lo coloca en un escenario infantil que, lejos de ser inocente, refleja con crudeza las actitudes tóxicas y narcisistas que los adultos transmiten sin darse cuenta.

La tensión crece con cada gesto, cada rumor, cada mirada. Ian, el niño que juega a ser Yago, mueve las piezas con una perversidad que incomoda porque sabemos que no es ficción: es el reflejo de lo que hacemos fuera de los muros del colegio.

Y mientras todo arde en el patio, los adultos están ahí, pero no ven nada. O no quieren ver. Profesores que miran hacia otro lado, padres que proyectan sus prejuicios en conversaciones aparentemente inocentes. Esa ceguera voluntaria es quizá lo más perturbador: la tragedia no nace solo de los niños, sino del mundo que los rodea y que les enseña, sin palabras, cómo ser crueles.

El resultado es inquietante, incómodo y con muchas lecturas posibles. No hay discursos moralizantes, solo hechos que golpean porque nos ponen ante un espejo y no nos gusta cómo nos refleja.

SLHLT 

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