martes, 31 de marzo de 2026

El quinto hijo

El quinto hijo parte de una premisa sencilla: una familia feliz, numerosa, tradicional y muy orgullosa de serlo.

Todo encaja hasta que llega Ben, el quinto hijo, y lo que antes era armonía se vuelve inquietud. No es solo que el niño sea “diferente”; es que su mera existencia descoloca, rompe el molde y deja al descubierto las grietas que todos preferían ignorar.

Lo perturbador no es Ben en sí, sino la reacción del entorno. La presión social, el miedo al qué dirán, la exigencia de mantener la fachada. Ese “esto no debía pasar aquí”, “no nos merecemos esto”. Y es imposible no leer la historia también como una metáfora más amplia: cambia a Ben por cualquier hijo o hija que no cumple el guion esperado (una identidad, una diferencia, una disidencia…) y la novela sigue funcionando con una precisión incómoda.

Lessing escribe sin adornos, sin piedad y sin anestesia. Va directa al corazón de la familia idealizada para mostrar cómo el amor puede coexistir con el rechazo, cómo la maternidad puede volverse un lugar de culpa y soledad, y cómo la sociedad aparta a quien no encaja en su foto.

Es un libro breve, afilado y perturbador, de esos que lees rápido, pero rumias despacio. No reconcilia ni consuela: te deja pensando.

SLHLT

martes, 24 de marzo de 2026

Cosas pequeñas como esas

Cosas pequeñas como esas se sitúa en Irlanda, en un diciembre frío que cala no solo los huesos, sino también las conciencias. Bill Furlong vive una vida sencilla repartiendo carbón. Pero esa sencillez se resquebraja cuando tropieza con algo que todos conocen y nadie quiere mirar: tras los muros del convento de su pueblo, regido por las monjas del Buen Pastor, uno de sus mejores clientes, se esconde a plena luz una de las Lavanderías de la Magdalena.

Más que lavanderías, lo que allí había eran cárceles para mujeres: internados religiosos donde encerraban a chicas por no ajustarse al molde que la sociedad imponía, instituciones de castigo, explotación, mentiras y silencio.

No conocía la historia, pero por desgracia me recordó demasiado al Patronato de Protección a la Mujer, que existió en España hasta 1985: otro mecanismo de represión vestido de moral cristiana, otro sistema para castigar a mujeres que no habían hecho nada malo, otro engranaje donde la Iglesia administraba miedo, encierro y trabajos forzados. Y, por si fuera poco, les robaban a sus bebés para vendérselos a familias “decentes” y adineradas.

Y en ambos casos, ficción y realidad, a nadie le importaba. Todos miraban para otro lado.

Por eso la figura de Bill Furlong es tan luminosa y necesaria. No porque sea un héroe, que no lo es, sino porque es alguien que simplemente decide no apartar la mirada. Cuando el resto del pueblo finge no ver, él ve. Y cuando el resto del pueblo calla, él actúa. Aunque sepa que le costará caro. Aunque el peso de su decisión recaiga sobre él y sobre los suyos. Ese gesto tan pequeño, casi doméstico, contiene un movimiento sísmico en su interior. Un hombre corriente haciendo lo que debe. Nada más. Y nada menos…

Keegan escribe con una delicadeza feroz. Cada frase es limpia, precisa, afilada. No necesita subrayar nada: tú sola llegas a donde ella quiere llevarte. Y ahí está lo verdaderamente poderoso del libro: en lo que insinúa, en lo que deja fuera de campo, en la grieta que se abre cuando entiendes qué está pasando detrás de esas paredes.

No os dejará indiferentes.

Prometido.

SLHLT

martes, 17 de marzo de 2026

Los nombres propios

Este libro llevaba tiempo rondándome: que si recomendaciones por aquí, que si entusiasmos por allá, que si “tienes que leerlo”... Y al final, claro, acabó cayendo. Y ¿Qué es lo que ha pasado? Pues que Los nombres propios me ha dejado una mezcla curiosa de cosas que me han encantado y de otras que no tanto.

Empecemos por el principio. ¡Qué idea tan buena la de poner a Belaundia Fu como narradora de la vida de Marta! Es ingenioso, divertido y funciona de maravilla para darle un tono distinto a la historia. Además, el momento en que la propia Marta decide tomar la voz es precioso: como si dijera “ya está, gracias por acompañarme, pero ahora sigo sola”. Ese gesto me ganó completamente.

Y luego está la abuela. De verdad, qué personaje más bonito. Cada vez que aparecía pensaba: “aquí está el corazón del libro”. La relación entre ambas tiene ese punto emocionante y dulce que no empalaga, y que te hace leer con una sonrisa medio nostálgica.

Pero, por desgracia, hay cosas que me han gustado menos: por ejemplo el estilo repetitivo terminó haciéndoseme un poco cuesta arriba. Ya sé que es algo buscado, que tiene intención y ritmo, pero a mí me cansó. Y claro, si le sumamos que llegaba con las expectativas por las nubes (todo internet se ha volcado con él), pues al final me pasó como con El factor Rachel o Gente normal: entiendo que entusiasmen a lectoras más jóvenes, pero a mí me falta un poquito más de profundidad o algo que me sacuda más.

Aun así, he disfrutado de la lectura. El principio y el final me gustaron muchísimo y hay momentos realmente sensibles y bien escritos. No ha sido exactamente lo que esperaba, pero sí un libro cuidado, amable y con ideas muy chulas.

SLHLT

martes, 10 de marzo de 2026

Crisálida

Había oído hablar tanto sobre Crisálida que quizá me acerqué a ella con demasiadas expectativas. Y ya se sabe: cuando un libro viene rodeado de tanto ruido, a veces es difícil que esté a la altura de lo que imaginamos.

La historia nos la cuenta Nada, una niña que despierta sola en un sanatorio sin saber cómo ha llegado allí. Su voz -entre lo real, el recuerdo y el delirio- es, para mí, lo mejor de la novela. Nada observa el mundo con una mezcla de ingenuidad, lucidez y extrañeza que resulta sobrecogedora: tanto cuando está perdida en el monte como cuando sobrevive en ese espacio blanco y aséptico donde intentan devolverla a una normalidad a la que nunca perteneció.

Y si Nada es un gran personaje, su padre, el Capitán, es la otra cara de la moneda: un hombre egoísta, narcisista y un psicópata en toda regla, cuya crueldad vertebra la novela entera. No solo arrastra a sus hijos a una vida absurda e imposible en plena montaña, sino que los moldea a golpes, físicos, emocionales y simbólicos, hasta convertirlos en criaturas feroces, dispuestas a lo que sea para sobrevivir. Un personaje al que cuesta mirar de frente, porque encarna el terror más cotidiano: el que se encuentra dentro de la propia familia.

Cabe destacar la importancia del monte en la historia: no es un simple decorado, sino un personaje más que respira, acecha, protege, alimenta y castiga. Es una presencia viva y salvaje que lo envuelve todo, una especie de organismo inmenso que a veces es refugio y otras, amenaza.

Crisálida es una novela oscura, violenta y áspera. Podría haber sido otra historia de crueldad innecesaria más difícil de recomendar, pero la voz de Nada la transforma por completo. Solo por ella ya merece la pena.

SLHLT

martes, 3 de marzo de 2026

Nuestras madres

 << A nuestras madres.
Y a todas las que cada día salís a buscar el mundo que ha caído rodando cuesta abajo y nos lo volvéis a colgar. >>

Hay historias que llegan a ti sin darte cuenta, que te conmueven y que se quedan a vivir contigo para siempre. Nuestras madres es una de ellas.

La descubrí gracias al club de lectura del instituto de mi amiga Raquel Friera y, desde la primera página, entendí que estaba ante algo grande. La autora construye, con gran mimo y respeto, un mosaico extraordinario formado por las vidas de diez mujeres, que podrían haber sido las de las mujeres de nuestras vidas, que crecieron en silencio durante la dictadura y que nunca fueron noticia.

Gema Ruiz Palà convierte esas vidas en literatura de la buena: verdad, emoción, humor y una ironía fina que le da el contrapunto y lo ilumina todo. Cada capítulo tiene nombre propio, pero todas las historias laten al unísono y componen la memoria reciente de un país que avanzó gracias a las mujeres que nadie tenía en cuenta. Mujeres que mantuvieron vivo su talento pese a los límites que les ponían, que escaparon de prisiones domésticas, que descubrieron el feminismo antes de que tuviera nombre, que lucharon por sus hijos dejándose la piel, que reivindicaron sus derechos laborales y que se atrevieron a tomar vuelos a Londres para fabricarse el futuro que aquí no les permitían tener.

Es muy fácil reconocernos entre sus páginas, porque lo hemos vivido o nos lo han contado. Y, aunque algunos se empeñen en negarlo, la sororidad lleva milenios salvando vidas.

Hay novelas que son actos de justicia en sí mismas. Esta es una de ellas.

Tenéis que leerla.

MA-RA-VI-LLO-SA.

SLHLT