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martes, 23 de junio de 2026

Nada se opone a la noche

 << Mi madre estaba azul, de una azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges.
     Mi madre llevaba varios días muerta. >>

Delphine de Vigan escribe este libro tras el suicidio de su madre. Casi sin pretenderlo, inicia una búsqueda que tiene más de herida abierta que de investigación, tratando de entender qué llevó a esa mujer, tan presente e inaccesible a la vez, a quitarse la vida.

Para hacerlo, se convierte en detective de su propia historia: revisa fotografías, escucha cintas, recoge recuerdos de sus hermanos y reconstruye una memoria familiar llena de huecos, versiones contradictorias y silencios incómodos.

Lo que emerge no es una verdad clara, sino un retrato lleno de fisuras: el de una mujer marcada por la enfermedad mental, por una infancia difícil y por relaciones familiares profundamente tóxicas.

Esta historia no es solo el retrato de una madre, sino el de toda una familia atravesada por el dolor, los secretos y esas heridas que se van heredando casi sin darnos cuenta.

Me ha gustado muchísimo cómo está escrito. Hay algo preciso y contenido en la narración, como si cada frase pesara lo que tiene que pesar. Y, al mismo tiempo, una delicadeza enorme: la autora escribe desde el amor, pero sin edulcorar, sin proteger del todo, asumiendo el riesgo de contar.

Al final, el libro se convierte en una necesidad: una forma de ordenar el dolor, una venda necesaria para una herida que empieza, por fin, a cicatrizar, y también un homenaje lúcido y valiente a su madre.

<< Lucile murió a los sesenta y un años, antes de ser una anciana.    
     Lucile murió como lo deseaba: viva.
     Hoy soy capaz de admirar su valor. >>

SLHLT

martes, 2 de junio de 2026

¿Por qué son tan lindos los caballos?

Esta es la historia de Sari y Julieta, madre e hija, desde el momento en que Sari tiene un brote y le diagnostican demencia frontotemporal con solo 58 años. Pero es mucho más que una novela, es una especie de archivo emocional, un collage hecho de palabras, dibujos, apuntes y silencios. Como la memoria… Como la pérdida.

La parte de Sari.

Sari escribía, anotaba, observaba. Amaba los caballos, no solo como animales bellos, sino como símbolo de libertad, de fuerza y de algo que no se deja domesticar del todo. Esa Sari vital, creativa, enamorada del lenguaje, va quedando fijada entre estas páginas, hechas de esbozos, anotaciones y fotografías, como quien deja migas de pan para no perderse del todo. 

La parte de Julieta.

Julieta escribe cuando su madre ya no puede hacerlo. Escribe para sostenerla, para entender qué está pasando, para sobrevivir al duelo anticipado de perder a alguien que todavía está viva. Su parte es un homenaje, una estrategia de duelo, una memoria compartida y, sobre todo, un acto de amor. Aunque también es testimonio del cansancio, del miedo, de la rabia y de la ternura infinita que requieren los cuidados.


Estáis ante una historia sobre madres e hijas, sí, pero también sobre la identidad, la herencia (la que no es material), el peso del lenguaje y la pregunta inevitable de qué queda de nosotros cuando los recuerdos se van.

Maravillosa.

SLHLT

martes, 7 de abril de 2026

Todo lo que hice por dinero

Violeta Niebla convierte algo tan cotidiano como un currículum, en una pieza literaria juguetona, irónica y sorprendentemente honesta.

Lo que empieza como una retahíla de trabajos, algunos gloriosos, otros no tanto, y unos cuantos directamente inclasificables, acaba revelando la historia de una vida marcada por la precariedad, la creatividad forzosa y el talento para salir adelante como sea.

El humor es la puerta de entrada, pero detrás laten otras cosas: el vértigo de no tener estabilidad, la necesidad constante de reinventarse, la picardía como mecanismo de defensa y el ingenio convertido en herramienta de resistencia. La autora se ríe, sí, pero también señala; y en esa mezcla está lo mejor del libro. Cada empleo es un relato en miniatura, un episodio picaresco contemporáneo que demuestra que una vida laboral puede decir muchísimo más de nosotras de lo que imaginamos.

El resultado es fresco, distinto y con mucha personalidad. Un libro que se lee con una sonrisa en los labios pero que deja poso, porque en el fondo todas podríamos contar nuestra vida así: a base de trabajos que nos han salvado, agotado, definido y, a veces, cambiado la vida.

Entretenido y diferente.

SLHLT

martes, 17 de marzo de 2026

Los nombres propios

Este libro llevaba tiempo rondándome: que si recomendaciones por aquí, que si entusiasmos por allá, que si “tienes que leerlo”... Y al final, claro, acabó cayendo. Y ¿Qué es lo que ha pasado? Pues que Los nombres propios me ha dejado una mezcla curiosa de cosas que me han encantado y de otras que no tanto.

Empecemos por el principio. ¡Qué idea tan buena la de poner a Belaundia Fu como narradora de la vida de Marta! Es ingenioso, divertido y funciona de maravilla para darle un tono distinto a la historia. Además, el momento en que la propia Marta decide tomar la voz es precioso: como si dijera “ya está, gracias por acompañarme, pero ahora sigo sola”. Ese gesto me ganó completamente.

Y luego está la abuela. De verdad, qué personaje más bonito. Cada vez que aparecía pensaba: “aquí está el corazón del libro”. La relación entre ambas tiene ese punto emocionante y dulce que no empalaga, y que te hace leer con una sonrisa medio nostálgica.

Pero, por desgracia, hay cosas que me han gustado menos: por ejemplo el estilo repetitivo terminó haciéndoseme un poco cuesta arriba. Ya sé que es algo buscado, que tiene intención y ritmo, pero a mí me cansó. Y claro, si le sumamos que llegaba con las expectativas por las nubes (todo internet se ha volcado con él), pues al final me pasó como con El factor Rachel o Gente normal: entiendo que entusiasmen a lectoras más jóvenes, pero a mí me falta un poquito más de profundidad o algo que me sacuda más.

Aun así, he disfrutado de la lectura. El principio y el final me gustaron muchísimo y hay momentos realmente sensibles y bien escritos. No ha sido exactamente lo que esperaba, pero sí un libro cuidado, amable y con ideas muy chulas.

SLHLT

martes, 10 de febrero de 2026

Las cabras

Cami, Sofi, Cata y Majo son amigas desde siempre. “Las cabras”, como se llaman entre ellas, comparten todo: risas, secretos y planes que parecen eternos. Pero la vida no se detiene y esta novela empieza justo en ese punto en que todo cambia: una se marcha a Madrid para escribir, otra afronta un embarazo inesperado, y el grupo se estira como una cuerda que parece a punto de romperse, aunque nunca lo hace del todo.

Para ser su primera novela, Pilar Asuero escribe con una madurez sorprendente: prosa limpia, honesta, sin artificios. Hay metáforas que sostienen el relato y lo hacen brillar: la amistad (la nueva y la de siempre) como refugio, como bálsamo que calma las heridas que deja la precariedad y la videollamada como puente entre mundos.

Y algo más: el lenguaje es clave en esta historia. No solo porque las expresiones chilenas enriquecen la voz y aportan identidad, sino porque cada palabra parece elegida para explicar matices en los sentimientos. Hay términos que no tienen equivalencia exacta y que se convierten en pequeñas revelaciones sobre lo que se siente y lo que se calla.

Las cabras es una historia de tránsito: de la juventud a la edad adulta, de la tierra natal a la ciudad extraña, de la certeza a la duda... Y también una reflexión sobre la amistad: cómo se transforma, cómo se estira y cómo sigue siendo red, aunque cambien los escenarios.

Si buscas una novela sencilla, íntima y de fácil lectura, que hable de crecer y de cambiar, esta es tu historia.

SLHLT

martes, 2 de diciembre de 2025

Comerás flores

<<El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más.>>

Marina, recién graduada y aún tambaleándose tras la muerte de su padre, conoce a Jaime, un hombre veinte años mayor que le ofrece una vida aparentemente perfecta: cenas elegantes, una casa con chimeneas, estabilidad y estilo. Pero lo que al principio parece refugio, pronto se transforma en prisión.

Lucía Solla construye con precisión quirúrgica una relación marcada por el maltrato psicológico, ese que no deja moratones, pero sí cicatrices profundas. Jaime no necesita levantar la voz: le basta con imponer sus gustos, corregir sus palabras, acelerar el coche cuando ella habla de más, y hacerle sentir que sin él no es nada.

Y Marina, que podría reconocer esos comportamientos en otras, no logra verlos en sí misma, ni el miedo que provoca en su perra Frida. Y deja de ser Marina, deja de ver a sus amigos y deja de ser feliz.

El duelo por el padre ausente se entrelaza con el duelo por sí misma, por la Marina que fue antes de Jaime. Y en ese proceso de reapropiación, la amistad emerge como refugio, como red que sostiene cuando todo lo demás se tambalea.

Lucía Solla debuta por todo lo alto, como las grandes, con una voz propia y un estilo rápido, y urgente, lleno de imágenes que se te clavan como espinas. No me perderé lo próximo que escriba.

SLHLT

martes, 2 de septiembre de 2025

La postal

<< Mi madre se encendió el primer cigarrillo del día, su preferido, el que te quema los pulmones nada más despertarte. Luego salió de su casa para admirar la blancura que recubría todo el barrio. Durante esa noche habían caído al menos diez centímetros de nieve.

     Se quedó un buen rato fumando fuera, a pesar del frío, para disfrutar de la atmósfera irreal que flotaba en su jardín. Le pareció hermosa toda esa nada, esas líneas y esos colores borrados.

     De repente oyó un ruido amortiguado por la nieve. El cartero acababa de dejar el correo en el suelo, al pie del buzón. Mi madre acudió a recogerlo, poniendo mucho cuidado al pisar para no resbalar.

     Con el cigarrillo entre los labios, cuyo humo se volvía más denso en el aire helado, volvió rápidamente a casa a calentarse los dedos entumecidos por el frío.

     Lanzó una rápida ojeada a los distintos sobres. Estaban las tradicionales tarjetas navideñas, la mayoría, de sus estudiantes de la facultad, una factura de gas y algún que otro folleto publicitario. También había cartas para mi padre; los compañeros del CNRS y sus doctorandos le deseaban un feliz año.

     Entre aquella correspondencia, de lo más común dado que estábamos a comienzos de enero, había una sorpresa. La postal. Ahí estaba, con los demás sobres, como si nada, como su se hubiera escondido para pasar inadvertida.

     Lo que intrigó de inmediato a mi madre fue la letra: extraña, torpe, una caligrafía que nunca había vista. Luego leyó los cuatro nombres escritos uno debajo de otro, en forma de lista.

     Ephraïm.

     Emma.

     Noémie.

     Jacques.

     Aquellos cuatro nombres eran los de sus abuelos maternos, su tía y su tío. Los cuatro habían sido deportados antes de que ella naciera. Murieron en Auschwitz en 1942. Y resurgían en nuestro buzón sesenta y un años después. Ese lunes 6 de enero de 2003.

     -¿Quién ha podido enviarme este horror? -Se preguntó Léila.

     A mi madre le entró mucho miedo, como si alguien estuviera amenazándola, agazapado entre las tinieblas de un pasado remoto. Le temblaban las manos.

     -¡Mira, Pierre, mira lo que me he encontrado en el correo!

     Mi padre cogió la tarjeta, se la aproximó a la cara para observarla de cerca, pero no llevaba ni firma ni explicación alguna.

     Nada. Solo esos nombres. >>.

Todo empieza con una imagen: la Ópera Garnier en una postal sin firma. En el reverso, cuatro nombres. Cuatro ausencias. Cuatro heridas abiertas. Anne Berest recibe ese mensaje envenenado y decide investigar. Lo que sigue es una novela que se lee como un thriller, pero que duele como una memoria familiar.

Con ayuda de su madre, un detective y un grafólogo, reconstruye el periplo de los Rabinovitch, su familia, desde Rusia hasta Auschwitz, pasando por Letonia, Palestina y París.

El capítulo dedicado a la detención de sus parientes es devastador, pero está contado con una contención que estremece. El tono de thriller no frivoliza, al contrario: da ritmo, tensión y urgencia a una historia que no puede esperar más para ser contada.

Me ha gustado muchísimo.

Me ha conmovido. Me ha hecho pensar en cómo el pasado se filtra en el presente, en cómo una postal puede ser una bomba de relojería. Y en cómo escribir puede ser también una forma de resistir.

SLHLT