Un verano
sofocante, una fiesta familiar y diecisiete muertos por envenenamiento. Así
arranca esta historia que no puede alejarse más de un thriller al uso. Aquí no
hay persecuciones ni giros espectaculares, lo que encontrarás es un
rompecabezas literario: una imagen borrosa que la autora confía en que seas tú
quien logre enfocar.
La única superviviente es Hisako, la hija menor de la familia Aosawa, ciega desde niña y rodeada de silencios y recuerdos fragmentados. A partir de ahí, la autora construye un relato coral: voces que se cruzan, testimonios que se contradicen, versiones que añaden luz y sombra. Cada pieza encaja y se desajusta al mismo tiempo, porque la verdad nunca es absoluta.
En esta historia no todo ocurre en el mismo tiempo: diez años después de la tragedia, alguien muy cercano a los Aosawa escribe un libro que intenta reconstruir lo sucedido. Y treinta años más tarde, otra voz lo desentierra todo, removiendo las cenizas y las dudas.
Pasado y presente se entrelazan, y el lector debe seguir el hilo sin perderse en el laberinto.
El calor, la humedad y la sensación de que todo se mueve despacio, como si el tiempo se hubiera detenido en la ciudad de K, se entremezclan generando una atmósfera opresiva que envuelve la historia. Y, en medio de esa calma sofocante, la pregunta persiste: ¿Qué ocurrió realmente en la casa de los Aosawa?
Si buscas un thriller clásico, este no es tu libro. Si te atraen las novelas que te obligan a pensar, a leer entre líneas y a aceptar que quizá nunca tendrás todas las respuestas, entonces sí: este puzle japonés te va a fascinar.
Aunque me costó empezar, una vez que comprendida la dinámica, la historia te absorbe y no puedes dejar de pensar en ella. Me ha gustado muchísimo.
SLHLT
