martes, 30 de junio de 2026

Punto de araña

Ari llega a Camariñas a cubrir una vacante en el Museo del Encaje, pero casi parecería que la hubiera llamado el mar, el viento o algo más antiguo, y allí se encuentra con un pueblo hecho de pasillos invisibles: los de la memoria, los de los secretos y los de las vidas sostenidas en silencio por las mujeres. Porque aquí son ellas las que tejen: encajes, redes, familias, realidades… Mientras otros deciden.

La novela va hilando distintas voces para contar algo que no es nuevo, pero nunca deja de doler: el peso de sostener el mundo sin tener voz en él. Y entonces aparece la pregunta que lo cambia todo: ¿qué pasa cuando esas mujeres deciden dejar de sostener o empezar a hacerlo de otra manera?

Hay algo muy satisfactorio en la idea de poder recurrir a un poder antiguo para corregir una injusticia heredada, algo que mezcla rabia, justicia y también un punto de vértigo. Pallares lo envuelve todo en una atmósfera atlántica, húmeda y salada, donde lo real y lo mítico se entrelazan sin pedir permiso.

Y funciona. ¡Vaya que si funciona!

Pero (porque a veces hay un pero), a mí también me dejó con ganas de más. De Ari, sobre todo. De entender mejor sus hilos, su lugar en el tapiz, su pasado. Como si la novela, en su ambición coral, hubiera dejado algún cabo suelto que una lectora como yo necesitase intentar anudar por su cuenta.

Se lee en un suspiro, pero te hace pensar. Os gustará.

SLHLT

martes, 23 de junio de 2026

Nada se opone a la noche

 << Mi madre estaba azul, de una azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges.
     Mi madre llevaba varios días muerta. >>

Delphine de Vigan escribe este libro tras el suicidio de su madre. Casi sin pretenderlo, inicia una búsqueda que tiene más de herida abierta que de investigación, tratando de entender qué llevó a esa mujer, tan presente e inaccesible a la vez, a quitarse la vida.

Para hacerlo, se convierte en detective de su propia historia: revisa fotografías, escucha cintas, recoge recuerdos de sus hermanos y reconstruye una memoria familiar llena de huecos, versiones contradictorias y silencios incómodos.

Lo que emerge no es una verdad clara, sino un retrato lleno de fisuras: el de una mujer marcada por la enfermedad mental, por una infancia difícil y por relaciones familiares profundamente tóxicas.

Esta historia no es solo el retrato de una madre, sino el de toda una familia atravesada por el dolor, los secretos y esas heridas que se van heredando casi sin darnos cuenta.

Me ha gustado muchísimo cómo está escrito. Hay algo preciso y contenido en la narración, como si cada frase pesara lo que tiene que pesar. Y, al mismo tiempo, una delicadeza enorme: la autora escribe desde el amor, pero sin edulcorar, sin proteger del todo, asumiendo el riesgo de contar.

Al final, el libro se convierte en una necesidad: una forma de ordenar el dolor, una venda necesaria para una herida que empieza, por fin, a cicatrizar, y también un homenaje lúcido y valiente a su madre.

<< Lucile murió a los sesenta y un años, antes de ser una anciana.    
     Lucile murió como lo deseaba: viva.
     Hoy soy capaz de admirar su valor. >>

SLHLT

martes, 16 de junio de 2026

El accidente

El accidente es un libro tan breve que parece inofensivo. Pero me ha cabreado muchísimo…

La historia es sencilla: dos personas se cruzan, se gustan, se miran más de la cuenta y empiezan a convertir ese cruce en algo mucho más grande de lo que realmente es. Blanca Lacasa cuenta muy bien ese momento en el que una atracción pasajera se riega, se abona y se pone en un altar hasta que acaba pareciendo destino, cuando quizá solo era pura nada.

Me ha gustado mucho cómo lo cuenta: el tono cercano, la lucidez con la que se describe el autoengaño, esa sensación de estar asistiendo más a la visión de una cabeza en funcionamiento que a una historia de amor. Pero es lo que cuenta lo que me ha exasperado y me han entrado ganas de zarandear a alguien. Esa insistencia en mitificar lo insustancial, en proyectar lo que se desearía que fuera y no lo que es, en sostener una obsesión que no lleva a ninguna parte salvo al desgaste emocional.

El accidente no va de un gran amor frustrado, sino de algo bastante más cotidiano y quizá más triste: la capacidad infinita que tenemos para construir castillos en el aire y luego sufrir mucho cuando el suelo sigue estando igual de duro. No hay épica, no hay redención y no hay consuelo. Solo ese “esto no iba a ninguna parte y, aun así, he perdido el tiempo la autoestima y la calma”.

Un libro incómodo y bastante irritante. Te mira, te reconoce y no te cae especialmente bien. Como algunas personas…Como algunas historias.

SLHLT

martes, 9 de junio de 2026

Idaho

A Idaho llegué pensando que me iba a encontrar un thriller rural, quizás una historia de secretos y violencia en los bosques del norte de Estados Unidos. Pero no. Emily Ruskovich propone algo más silencioso y devastador: una novela sobre la memoria y sus grietas, sobre la culpa que se hereda, sobre si el perdón es posible y qué hacer cuando el dolor no desaparece y solo cambia de forma.

Todo arranca con un hecho terrible, pero la autora renuncia a la intriga convencional y a despejar las incógnitas: lo importante no es qué pasó, sino cómo se vive después. La narración se mueve entre tiempos y voces, reconstruyendo una historia familiar rota en la que el recuerdo nunca es fiable y el pasado se resiste a quedarse quieto.

Estáis ante una novela emocionalmente exigente, escrita con una gran sensibilidad y una atmósfera que pesa. Me ha gustado y me ha conmovido, aunque tengo que reconocer que, para mi gusto, le sobran páginas. La historia y las voces funcionan, pero habrían ganado fuerza con un poco menos de gramaje.

Aun así, es un libro que deja poso. No se lee para entretener, sino para quedarse pensando en él: en lo que recordamos, en lo que olvidamos a propósito, en quienes nos convertimos cuando perdemos la memoria y en lo difícil que es vivir con aquello que no tiene arreglo.

SLHLT

 

martes, 2 de junio de 2026

¿Por qué son tan lindos los caballos?

Esta es la historia de Sari y Julieta, madre e hija, desde el momento en que Sari tiene un brote y le diagnostican demencia frontotemporal con solo 58 años. Pero es mucho más que una novela, es una especie de archivo emocional, un collage hecho de palabras, dibujos, apuntes y silencios. Como la memoria… Como la pérdida.

La parte de Sari.

Sari escribía, anotaba, observaba. Amaba los caballos, no solo como animales bellos, sino como símbolo de libertad, de fuerza y de algo que no se deja domesticar del todo. Esa Sari vital, creativa, enamorada del lenguaje, va quedando fijada entre estas páginas, hechas de esbozos, anotaciones y fotografías, como quien deja migas de pan para no perderse del todo. 

La parte de Julieta.

Julieta escribe cuando su madre ya no puede hacerlo. Escribe para sostenerla, para entender qué está pasando, para sobrevivir al duelo anticipado de perder a alguien que todavía está viva. Su parte es un homenaje, una estrategia de duelo, una memoria compartida y, sobre todo, un acto de amor. Aunque también es testimonio del cansancio, del miedo, de la rabia y de la ternura infinita que requieren los cuidados.


Estáis ante una historia sobre madres e hijas, sí, pero también sobre la identidad, la herencia (la que no es material), el peso del lenguaje y la pregunta inevitable de qué queda de nosotros cuando los recuerdos se van.

Maravillosa.

SLHLT