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martes, 24 de marzo de 2026

Cosas pequeñas como esas

Cosas pequeñas como esas se sitúa en Irlanda, en un diciembre frío que cala no solo los huesos, sino también las conciencias. Bill Furlong vive una vida sencilla repartiendo carbón. Pero esa sencillez se resquebraja cuando tropieza con algo que todos conocen y nadie quiere mirar: tras los muros del convento de su pueblo, regido por las monjas del Buen Pastor, uno de sus mejores clientes, se esconde a plena luz una de las Lavanderías de la Magdalena.

Más que lavanderías, lo que allí había eran cárceles para mujeres: internados religiosos donde encerraban a chicas por no ajustarse al molde que la sociedad imponía, instituciones de castigo, explotación, mentiras y silencio.

No conocía la historia, pero por desgracia me recordó demasiado al Patronato de Protección a la Mujer, que existió en España hasta 1985: otro mecanismo de represión vestido de moral cristiana, otro sistema para castigar a mujeres que no habían hecho nada malo, otro engranaje donde la Iglesia administraba miedo, encierro y trabajos forzados. Y, por si fuera poco, les robaban a sus bebés para vendérselos a familias “decentes” y adineradas.

Y en ambos casos, ficción y realidad, a nadie le importaba. Todos miraban para otro lado.

Por eso la figura de Bill Furlong es tan luminosa y necesaria. No porque sea un héroe, que no lo es, sino porque es alguien que simplemente decide no apartar la mirada. Cuando el resto del pueblo finge no ver, él ve. Y cuando el resto del pueblo calla, él actúa. Aunque sepa que le costará caro. Aunque el peso de su decisión recaiga sobre él y sobre los suyos. Ese gesto tan pequeño, casi doméstico, contiene un movimiento sísmico en su interior. Un hombre corriente haciendo lo que debe. Nada más. Y nada menos…

Keegan escribe con una delicadeza feroz. Cada frase es limpia, precisa, afilada. No necesita subrayar nada: tú sola llegas a donde ella quiere llevarte. Y ahí está lo verdaderamente poderoso del libro: en lo que insinúa, en lo que deja fuera de campo, en la grieta que se abre cuando entiendes qué está pasando detrás de esas paredes.

No os dejará indiferentes.

Prometido.

SLHLT

miércoles, 29 de marzo de 2023

De cada quinientos un alma

<< La luz del día comienza a caer rápidamente. Es la oscuridad que se aproxima y no es una anochecer uniforme y lento. Es como si la tierra estuviera siendo engullida, devorada con codicia, yendo a parar a los abismos de un dios, a las entrañas donde todo se originó.

     En el principio había oscuridad. Tal vez en el final también haya solamente eso >>.

 

El final es inminente. Una epidemia ha acabado con todos los animales y el ser humano parece seguir el mismo destino. Por ello, una ley les prohíbe salir de sus casas. Solo el personal autorizado puede deambular por carreteras y caminos.

Recogiendo animales muertos de la carretera, para transformarlos en abono, se encuentra Edgar Wilson, antiguo trabajador de un matadero. Le acompañan Bronco Gil, exconvicto superviviente de la colonia penitenciaria Melquíades, y Tomás, un cura que ha abandonado los hábitos. Tres personajes imposibles que, juntos, tratan de actuar con justicia mientras desentrañan que detrás de toda esa locura hay algo más: políticos y militares están en el ajo. Y lo que están haciendo no se organiza de un día para otro.

Lo divino y lo humano se mezclan en esta historia apocalíptica y singular. El fin del mundo es una realidad, la causa es la que no está clara. ¿Es la furia de Dios? ¿Es la naturaleza revolviéndose ante el ultraje constante al que ha sido sometida? ¿Es la conspiración de una parte de la humanidad para hacer desaparecer a los que no interesan en el nuevo orden?

Plagas de langostas, quemas de poblados, campos de muerte, demonios habitando cuerpos… Y tres individuos, sin nada que perder, que tratan de sobrevivir, de entender y de hacer lo correcto.

La escritura de Ana Paula Maia es diferente, atrevida y salvaje. Y sus personajes: redondos y maravillosamente dibujados.

¡Imprescindible!

SLHLT