Lo que más me ha gustado de esta novela gráfica es la manera en que texto e imagen trabajan juntos. El dibujo, los bordados, los colores y las sombras no se limitan a acompañar la historia, sino que aportan matices y emociones que las palabras por sí solas no podrían transmitir. Hay momentos en los que una página explica más por lo que muestra que por lo que cuenta, y ahí reside gran parte de la fuerza de la obra.
El resultado es una lectura tan delicada como intensa, de esas que invitan a detenerse en los detalles y a volver atrás para contemplar algunas páginas de nuevo.
Una historia sobre la memoria, los vínculos familiares y esa necesidad tan humana de entender a quienes más queremos, incluso cuando no siempre sabemos cómo hacerlo.
Me ha encantado.

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